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Extracto del Kingdom Prologue (2000)

por Meredith G. Kline

(Traducción al español por Arlington Vaca)

 

KP, P.  327

El reino en el Edén era la tierra de Emanuel, el lugar sagrado de la presencia del Espíritu de la Gloria, un paraíso protector y teocrático  donde vivía una nación santa de sacerdotes en comunión pactada con el Señor, su Creador. En la Gloria-Presencia, en la montaña de Dios, en el reino edénico, hubo un enfoque, un eje vertical que une la tierra con el cielo y con el centro celestial, el trono de Dios en medio del divino tribunal. Y organizado en el plan determinado del reino. La tierra se llenaría y en la hora señalada, el eterno sábado amanecería y la hasta ahora ciudad santuario ligada a la tierra, sería transfigurada en Metapolis. Allí los cielos se abren y el enfoque de la gloria se une con la plenitud cósmica del reino. Allí, Dios habita con su gente y ellos ven su rostro y reinan por siempre y para siempre. La continuación del objetivo original del reino como la esperanza del Pacto de Gracia  se manifiestan en la reaparición  de varias características del reino del santuario del Edén en la profecía redentora, especialmente en el libro de Apocalipsis.

 

KP, pp. 331-55

A medida que la revelación del reino prometido continúa desde Génesis 12 hasta Génesis 13,15,17,22,26 y 28 y cuando la promesa viene a cumplirse en sus dos niveles histórico-escatológico, los rasgos distintivos del reino de la creación mencionados anteriormente (en el resumen  de las raíces de las promesas a Abraham) emergen más y más.  Es evidente que el reino prometido a Abraham, como el del jardín de Dios en el Edén, es un dominio paradisíaco en el que fluye leche y miel, un nuevo cielo y tierra con río y árboles de vida (cp. Isaías 51:3) y tendrá como gloria la presencia del Shekinah del Señor, entronizada entre sus ángeles en el eje cósmico focal de Sión (antiguo y nuevo), en general, la encarnación adecuada de la relación especial de pacto entre Dios y la comunidad humana santificada.

Y como la plenitud del reino ordenada en el pacto creacional, la plenitud de este reino viene  a través de la multiplicación de la simiente de Abraham, al poblar y someter la tierra asignada (cp. Gén 35:11). La bendición de la gran nación prometida (Gén. 12:2a) fue nada más ni nada menos que el reino de la creación restaurado y consumado por la redención

  1. El reino prometido en dos niveles

Hasta este punto, las referencias a la naturaleza de dos niveles de las promesas han sido inevitables en varias conexiones en nuestro análisis del Pacto de Abraham, pero es el momento para enfocarse en esto. De este modo, resumiremos las promesas bajo el concepto de reino, trazando la estructura de dos niveles con respecto a los componentes del reino: el rey, el pueblo y la tierra.

A medida que las promesas del reino se cumplen en dos etapas sucesivas, cada una de ellas se identifica como un recuerdo divino de Abraham o del pacto hecho con él. Al estudiar el pacto del arca de Dios con Noé observamos que el verbo recordar adquiere un sentido especial en tales contextos, significa no sólo el recuerdo sino una fidelidad al compromiso previo evidenciado en el cumplimiento de lo prometido.

El recuerdo de Dios del pacto hecho con Abraham, Isaac y Jacob se menciona al comienzo de la primera etapa del cumplimiento del reino, inmediatamente antes del relato del llamado de Moisés para ser el agente de ese cumplimiento (Éx. 2:24) y de nuevo como el preludio del juramento de Dios al proceder inmediatamente a liberar a los israelitas de la esclavitud y llevarlos a su tierra prometida (Éx.6:5; cp. también Éx. 32:13; Lev. 26:42,45). Entonces, en los albores de la segunda etapa del reino, que iba a ser introducido a través de Jesús, mediador del nuevo pacto, Zacarías, padre de Juan el Antecesor, identifica el nuevo desarrollo como el recuerdo del Señor de su santo pacto, el juramento prometido a Abraham (Lucas 1:72,73; cp. también Lucas 1:54,55).

  1. El Rey Prometido

Al principio, la promesa de la realeza llegó de forma general, como una mejora de la promesa de numerosos descendientes. Si Abraham iba a ser padre de una gran nación e incluso de una multitud de naciones, entonces, naturalmente, contaría reyes entre sus descendientes (Gén. 17:6). Así también, si Sara fuera a ser madre de naciones, "reyes de pueblos" saldrían de ella (Gén. 17:16). Al establecer gobernantes vasallos en su reinado, los antiguos señores podían asignarles nombres dinásticos (cp. por ejemplo, 2 Reyes 23:34; 24:17). De la misma manera, el Señor dio a Abram y a Sarai los nuevos nombres de Abraham y Sara al presentarles una concesión promisoria de la realeza (Gén. 17:5,15). Del mismo modo, al renovar a Jacob esta promesa de descendencia real, Dios confirmó el cambio de su nombre a Israel (Gén. 35:10,11; cp.32:28).

Más tarde, la promesa de la realeza se volvió más específica en las bendiciones testamentarias de Jacob sobre sus doce hijos, un pronóstico de sus historias como tribu hasta la era escatológica (Génesis 49:1-28). La bendición de Judá fue alcanzar la realeza como león, convertirse en la tribu gobernante en medio de las tribus de Israel (vv. 8,9). Una vez establecido en Judá, el cetro continuaría para siempre, la dinastía real culminaría en los últimos días en el que vendrá Uno, Siloh, Señor de todos los pueblos (v.10). Como fue verdad en la profecía mesiánica original de Génesis 3:15 y como es característico de toda profecía mesiánica en la ley, los profetas y los Salmos, y en la bendición de Judá, el sufrimiento redentor se une a la gloria real en el reinado de Siloh, el príncipe de la paz. Su reinado es uno de abundancia paradisíaca de leche y vino (v.12).  Él participará, con sus vestidos rojos, en el pisoteo triunfante del lagar de la ira de Dios (v.11b; cp. Isa 63:3; Ap. 19:13,15). Sin embargo, es al pisotear la cabeza de la serpiente enemiga que la simiente vencedora de la mujer sufre la herida en el talón. Así que, se sugiere que la "sangre de las uvas" con la que el vestido de Siloh es "lavado" es también suya, la sangre del Cordero en la que la multitud de todas las naciones, salvadas de la gran tribulación, lavan sus vestidos y los blanquean (Ap 7:14).  También, es simbólico el papel del sacrificio que debe realizar el animal sobre el que viene montado. Para el asno, el pollino del asna (v.11a), se menciona en un antiguo tratado como el animal que fue sacrificado para ratificar el pacto (cp. Zac 9:9,11).

Dos niveles de realeza estuvieron presentes en esta bendición profética. Judá asumió la supremacía real en Israel con el nombramiento de David como rey. Él, con sus sucesores bajo el antiguo pacto, era el nivel uno. Entonces la dinastía de David alcanzó un particular segundo nivel de realeza en la venida de Jesucristo, Siloh, el Señor universal, y su inauguración del nuevo pacto en su sangre. En la realeza de Cristo, el cetro de Judá se hizo eterno y universal.

Cuando la promesa del rey alcanzó su primer nivel de cumplimiento, se encarnó en un pacto propio. Dios le dio a su fiel servidor David una garantía del pacto, su dinastía perduraría para siempre y  sus descendientes construirían la casa de Dios (2 Sam. 7:5ss.) Al dar cuenta de todos los elementos de este pacto, nuevamente es necesario distinguir dos niveles de cumplimiento. Solo por medio del reinado de Cristo la dinastía de David alcanzó la permanencia eterna, pero se aplicó la  amenaza de castigo por cometer iniquidad (v.14) por medio de los representantes dinásticos en un nivel premesiánico. por lo que se considera que la promesa sobre un rey davídico que construiría la casa de Dios tiene un doble cumplimiento, primero en la construcción del templo de Jerusalén por parte de Salomón y más tarde en la construcción por Cristo de la iglesia/templo en estos últimos días.

En su llegada, el rey mesiánico fue anunciado como el cumplimiento de la promesa jurada a Abraham y pactada de nuevo a David. El Evangelio de Mateo comienza presentando a Jesús como el rey tan esperado: "Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham" (Mateo 1:1). Resumiendo la fórmula estructural básica del libro del Génesis, Mateo conecta a Jesús con Abraham a través del único vínculo del Rey David, identificándolo así como el rey prometido, la última esperanza del Pacto con Abraham. Mateo continúa este tema de la identidad real de Jesús en la ampliación de la genealogía que sigue (1:2-16) y en las narraciones del nacimiento. Estas últimas hablan de " El rey de los judíos, que ha nacido" (2:2), que surge de Judá como "gobernador" y "pastor" de Israel (2:6). Las narraciones del nacimiento de Lucas también identifican a Jesús como aquel a quien se le da "el trono de David su padre", un reino sin fin (1:32,33), en cumplimiento del pacto de Dios con Abraham (1:69-73).

Aquí estaba el hijo mayor que David vio de lejos y llamó "mi Señor" (Sal. 110:1; Mt. 22:43-45). Los antiguos sucesores se habían nombrado presuntuosamente "hijos de los dioses", reyes divinos (Gén. 6:1-4), pero el gran nombre de Dios rey pertenecía en verdad a Aquel que, en el segundo nivel de cumplimiento de la promesa, era la simiente real de Abraham e hijo de David. Recibe el nombre que no pertenece a nadie más que a él, "Rey de reyes y Señor de señores" (Ap 19:12-16).

  1. El pueblo del Reino Prometido

Hemos encontrado que en el curso de la revelación bíblica se distinguen claramente dos niveles distintos de cumplimiento en la promesa del rey dada a Abraham, uno provisional y de prototipo, el otro mesiánico y eterno. Lo que es verdadero en la promesa del rey, también ha de ser inevitablemente verdadero en la promesa del reino, tanto del pueblo del reino como de la tierra del reino.

Como se llevó adelante en la revelación del Pacto Abrahámico, el concepto de la simiente de la mujer (Gén. 3:15), ahora en la forma de la simiente de Abraham, continúa teniendo un significado tanto individual como corporativo. Está la simiente mesiánica individual de Abraham, aquella a través de la cual las bendiciones del pacto debían ser transmitidas a las naciones (Hch. 3:25,26), quien fue el cumplimiento final del reinado prometido a los descendientes de Abraham. También está la semilla corporativa. La semilla prometida en este sentido corporativo se realiza en dos niveles como se interpreta en las Escrituras.

La bendición de Dios sobre Abraham fue tal que se multiplicaría para convertirse en una gran nación (Gén. 12:2). La promesa de un pueblo del reino implícita en esa declaración original de las promesas se hizo posteriormente explícita. Este pueblo sería tan numeroso como el polvo de la tierra, las estrellas del cielo, la arena del mar (Gén. 13:16; 15:5; 22:17; 26:4; 28:3). Abraham y Sara se convertirían en padre y madre de una multitud de naciones (Gén. 17:4,16).

El desarrollo de los doce hijos de Jacob en la nación de las doce tribus de Israel, por supuesto, constituyó un cumplimiento de la promesa del pueblo del reino en un nivel. Aludiendo a la imagen de la promesa de Génesis 22:17 (cp. 32:12), 1 Reyes 4:20 dice que en los días del reinado de Salomón "Judá e Israel eran muchos, como la arena que está junto al mar en multitud" (cp. 2 Sam 17:11; 1 Cr 27:23s.; 2 Cr 1:9).

Es palpable en la Biblia la realización de la promesa de la simiente de Abraham en otro nivel. Como hemos visto, cuando Pablo, en Romanos 9-11, defiende la fidelidad del pacto de Dios ante la caída de Israel, basa su caso en la identificación de la simiente prometida como la elección individual, un remanente de judíos y gentiles, hijos espirituales de Abraham, todos, como él, justificados por la fe (Rom. 9:7,8; cp. Rom. 4:16; Gál. 3:7). El apóstol encuentra dentro de las promesas de Abraham, por medio de la revelación del Señor, una garantía explícita para distinguir esta simiente espiritual de Abraham con la descendencia física (Rom. 9:7-13; cf. Gén. 17:18-21; 21:12,13). Es notable, cómo pasa por alto el significado más literal del primer nivel de la simiente de Abraham y da por sentado el significado espiritual del segundo nivel como el significado de la promesa.

Ya confirmada la distinción hecha en la promesa de la simiente entre israelitas literales y espirituales y apuntando particularmente al significado espiritual del segundo nivel que fue la inclusión de las naciones de los gentiles entre la simiente prometida de Abraham (Gén. 17:4,6,16; Rom 4:11,12,16,17). Es evidente que la simiente gentil no era la descendencia física de Abraham. Además, la promesa de muchas naciones como simiente es equivalente al evangelio, la promesa de que Abraham a través de su simiente mesiánica mediaría bendición a todas las naciones. Es decir, la promesa de la simiente se eleva al nivel mesiánico, o de nuevo pacto, donde los creyentes gentiles y judíos se reúnen ante el altar celestial como una asamblea unida. Posiblemente es en perspectiva de esta realidad que la terminología empleada en la promesa concerniente a las muchas naciones es a veces la de una asamblea (qahal) de naciones (Gén 28:3; 35:11; 48:4), siendo qahal un término estándar para las tribus de Israel como la congregación del pacto reunido. Además, en este misterio evangélico de la unión del pueblo del reino prometido en el Espíritu, la simiente corporativa (creyentes judíos y gentiles) y la simiente mesiánica individual se convierten en una sola, Cristo la cabeza y todo en él, el cuerpo (Gál. 3:16,29).

La promesa hecha al pueblo del reino prometido se diferencia de la promesa del rey y de la tierra del reino en la cual, sus dos niveles de significado no pueden ser simplemente equiparados con dos etapas escatológicas sucesivas (es decir, los antiguos y los nuevos pactos). En cuanto al segundo, el nivel espiritual de la simiente prometida ya está en proceso de realización por causa del antiguo pacto, al estar la elección espiritual dentro de la elección nacional de Israel.

  1. La tierra del reino prometido

Lo que se incluyó en la tierra del reino prometido en el  primer nivel de significado fue definido con mayor precisión, paso a paso. Era una tierra que se designaría más tarde cuando Abraham siguió al Señor (Gén. 12:1); la tierra de Canaán (Gén. 12:7); Canaán se extendía en las cuatro direcciones (Gén 13:14-17); la zona delimitada al noreste por el río Éufrates y al suroeste por el río de Egipto (Gén 15:18) y que comprendía los territorios de una serie de pueblos específicos (Gén 15:19-21). Las posteriores reafirmaciones de la promesa a los patriarcas después del Génesis 15 no definen más estos límites (cp. Gén 17:8; 22:17; 24:7; 26:3,4; 28:13,14; 35:12; 48:4; 49:1ss; 50:24). El territorio finalmente ocupado por Israel correspondía plenamente con los límites geográficos definidos en la promesa, esto se registra explícitamente en Josué 21:43-45 y en 1 Reyes 4:20,21 (cp. Núm. 34:2ss.; 1 Cr 18:3; Ez. 47:13-20).

Desde los primeros indicios dados en el llamado a Abraham, comenzó a ser evidente que esta tierra prometida fue tomada por el Señor como algo particularmente suyo, como una tierra santa alejada de la distribución general de la gracia común de la tierra a la humanidad y apartada para otorgar un pacto especial a un pueblo de elección redentora. Era una tierra reclamada por el Señor y a su disposición para otorgar a Abraham de una manera que anulaba su disposición de gracia común de los asuntos ordinarios terrenales. 

A medida que avanzaba la revelación de la promesa, se hizo cada vez más evidente que la adquisición de esta concesión de tierras reales sería por la fuerza. La llegada de Abraham a este lugar fue conflictiva. Esta no era un a propiedad no reclamada, allí habitaban los cananeos, en donde Abraham erigió un altar ante la aparición de su Dios (Gén. 12:6-7) La descripción de la tierra en términos de sus ocupantes enfatizó la necesidad de adquirirla mediante un proceso de desalojo de los propietarios actuales (Gén.15:19-21; cp. 26:3,4). Lo más explícito fue el anuncio profético de que los descendientes de Abraham volverían de una permanencia en el extranjero para tomar posesión de ella por el pacto divino, cuando la iniquidad de los amorreos llegase al colmo. Claramente, la entrega de la tierra por parte de Dios a los abrahamitas sería un acto de juicio sobre los cananeos. Sería a través de la guerra santa, contraviniendo los procesos políticos de la gracia común, que se cumpliría la promesa de la tierra.

Para poseer Canaán, Israel debe conquistarla en cumplimiento con la maldición de Noé sobre Cam-Canaán. En esta guerra tuvieron la promesa de Dios de que poseerían la puerta de sus enemigos (Gen 22:17). Los abrahamitas tendrían la protección del Señor, porque estaban amparados por un acto de juicio divino como una gran nación en el dominio especial de Dios. Se distingue esta promesa de tierra abrahámica de las asignaciones ordinarias de territorio por gracia común a otros pueblos (cp. Dt. 32:8; Amós 9:7) por su carácter "eterno" (Gén 13:15; 17:8; 48:4). En esta característica de permanencia, salta a la vista el segundo nivel de la tierra del reino prometido. Volveremos sobre este punto.

Hubo continuidad entre la tierra del reino prometido a Abraham y el reino del pacto como fue originalmente previsto en el pacto de creación y posteriormente se llevó a cabo en las aprobaciones de bendición de los pactos de redención. Esta continuidad se evidencia en la formulación de las promesas a los patriarcas y se manifiesta en el cumplimiento del primer nivel bajo el antiguo pacto. Cuando se acercaba el momento de la ocupación prometida, la tierra fue descrita como un nuevo jardín del Edén, "que fluye leche y miel" (Éx. 3:8,17; 13:5; Dt. 6:3; Jos. 5:6; etc.). Lo más iluminador para la conexión de esta tierra prometida con el jardín de Dios en el Edén fue el establecimiento de la Presencia teofánica de Dios y la morada en medio de ella. En particular, la entronización de la Gloria en el monte del templo de Sión declaró la identidad esencial de este antiguo acuerdo del reino del pacto con el orden creativo. Aquí estaba el eje cósmico del cielo y la tierra restaurados como el foco de un renovado santo, teocrático paraíso protector. En la era patriarcal, el episodio del sueño de Jacob fue una notable anticipación de la tierra prometida como el lugar restablecido del enfoque del reino. Ese episodio se presenta como una contraparte redentora a la iniciativa del supuesto enfoque en Babel. Y en la enseñanza de Jesús se interpreta en términos de la propia identidad del Señor como el nuevo y verdadero vínculo entre el cielo y la tierra (Juan 1:51).

El cumplimiento de la promesa de la tierra al nivel del antiguo pacto (Cp. 1 Re. 8:65; 1 Cr. 13:5; 18:1-12; 2 Cr. 9:26) representó una renovación redentora del reino de la creación no solo en su etapa original de creación, sino en la etapa escatológica final contemplada en el pacto original de Dios con Adán. Porque, como se señaló anteriormente, la obtención de Canaán por parte de Israel se describe como la llegada a un reposo sabático (Dt 3:20; 12:9; 1 Re. 8:56) y el sábado era la meta de consumación del pacto creacional. La experiencia sabática de Israel en Canaán fue, en primer lugar, un descanso de sus enemigos. Fue una secuela del juicio "final" de los malvados amorreos, no solo la obtención del eterno reino sabático, sino que sucederá la derrota final y el despojo de todos los enemigos del pueblo de Cristo.

El logro de la meta sabática de la creación por parte de Israel en un primer nivel de cumplimiento coincidió con poblar la tierra conquistada de Canaán en toda su extensión de acuerdo con las asignaciones a las doce tribus. Y llenar la tierra era, por supuesto, otro objetivo final del plan del pacto del reino original en el Edén, cuyo alcance coincidiría con el amanecer del Sábado en la eterna Metapolis.

Entonces, este primer nivel, poblar la tierra de Canaán y su representación como una tierra de reposo, se ve como una descripción anticipada de la tierra del reino consumado, la ciudad-reino  de Metapolis con cielos y tierra nuevos que el Creador pactó con el hombre desde el principio. Canaán representó esto en una figura; era solo una tierra limitada, no el objetivo cósmico del reino de la creación. Además, como enseña Hebreos 4, Canaán no fue la verdadera experiencia del reposo. Incluso los creyentes bajo el nuevo pacto todavía esperan eso. El cumplimiento de la promesa de la tierra cananea en su primer nivel sirvió, con un propósito pedagógico, señalar más allá de sí mismo el cumplimiento del segundo nivel, anunciado por la naturaleza "eterna" de la posesión prometida.

La enseñanza bíblica relativa a una reforma catastrófica que sufrirá la tierra y el surgimiento de un nuevo cielo y una nueva tierra en la Consumación, plantea un problema a cualquier interpretación de la promesa de una herencia de tierra eterna entendida en su delineación específicamente palestina. La disposición particular del territorio cananeo que se le especificó a Abraham no existirá para siempre. Incluso aparte de la suposición de una reestructuración cósmica radical en el juicio final, habría que reconocer que las actuales disposiciones continentales de la tierra reflejadas en la promesa de la tierra a Abraham, serían alteradas más allá del reconocimiento en edades futuras por la dinámica geológica natural del planeta.

Por otra parte, y más decisivamente, en el Nuevo Testamento hay indicaciones claras de un tipo positivo del cambio al segundo nivel de significado de la promesa sobre la tierra. De hecho, abruptamente, el Nuevo Testamento ignora el significado del primer nivel y simplemente da por sentado que el segundo nivel, el cumplimiento cósmico, es la verdadera intención de la promesa.

De acuerdo con las profecías del Antiguo Testamento que el Mesías, la simiente real de Abraham, recibiría y reinaría sobre un reino universal (por ejemplo, sal. 2:8; 72:8; Zac. 9:10), Pablo identifica la herencia prometida de Abraham como el mundo (kosmos, Rom 4:13). Es más, el Nuevo Testamento atribuye al propio Abraham la comprensión de la promesa de la tierra como una expectativa subjetiva, una esperanza escatológica basada en una comprensión de segundo nivel. Según Hebreos 11:10,16, el objeto del anhelo de fe de Abraham no era ningún territorio terrenal de esta era mundial perversa sino un mejor país, celestial, la ciudad de la nueva era, la creación de Dios.

La tierra prometida en el segundo nivel de cumplimiento no es menos que una realidad sólidamente física de lo que era en el primer nivel. No se trata aquí de un tipo docético de espiritualización de la dimensión geofísica del reino. Como hemos observado, la Nueva Jerusalén, el segundo nivel de cumplimiento de la tierra prometida, es la versión redentora de Metapolis y es, por lo tanto, una realidad físico-espacial como ese mundo de consumación ofrecido en el pacto original con Adán. Garantizar la continuidad de la naturaleza geofísica de la herencia en el segundo nivel es la enseñanza bíblica de la resurrección del cuerpo. Para esos cuerpos de los santos resucitados debe haber un ambiente cósmico apropiado. Durante la fase actual del nuevo pacto, la simiente de la promesa está en la tierra, como Abraham en su momento, todavía está esperando su herencia de la ciudad celestial. Son todavía un pueblo peregrino, una iglesia en el desierto (cp. Ap 12:6), todavía no han llegado a la tierra del Sabbat consumado (Heb. 4:1,11), Pero en el advenimiento del orden consumado del sábado, la resurrección de sus cuerpos y la realización ampliada y exaltada de segundo nivel de su herencia geofísica ocurrirán juntas.

La corroboración adicional del Nuevo Testamento del significado del segundo nivel de la promesa de la tierra vendrá ante nosotros cuando consideremos la cuestión de la relación del primer y segundo nivel de la promesa entre sí.

 

  1. Tipo y Antitipo del reino

 

  1. La hermenéutica pactual y dispensacional

El dispensacionalismo está evolucionando y se tomarán nota a continuación de los desarrollos actuales, pero es la forma anterior y ampliamente popularizada del sistema dispensacional, la que vemos aquí, en la primera parte de nuestro análisis hermenéutico.

La cuestión entre la hermenéutica dispensacional y pactual no es una interpretación espiritualizada versus interpretaciones no espiritualizadas del reino del segundo nivel. Porque, contrariamente a una acusación común, el sistema de pacto, así como el dispensacional permite la dimensión geofísica de ese reino. La pregunta básica en cuestión es más bien cómo interpretar la relación entre los dos niveles del reino prometido del Pacto Abrahámico. Esto equivale a la cuestión de la relación del antiguo pacto con Israel con el nuevo pacto con la iglesia, particularmente cuando eso se enfoca en la conexión tipológica que la Escritura postula entre ellos.

La falacia fundamental del esquema dispensacional es que no hace justicia a la identificación que hace la Biblia de la realización del nuevo pacto (o segundo nivel) de la promesa del reino como una continuidad de la realización del antiguo pacto (o primer nivel) como un cumplimiento antitipo de la promesa tipo. Mientras que el reino de primer nivel bajo el antiguo pacto era en sí mismo un cumplimiento de las promesas abrahámicas, tenía el carácter de promesa profética cuando se veía en relación con el cumplimiento de segundo nivel bajo el nuevo pacto. El último es el cumplimiento y el primero fue el prototipo. Las promesas de Abraham fueron en efecto reafirmadas y elaboradas como fueron encarnadas en su simbólico cumplimiento del antiguo pacto. Esta expresión tipológica de las promesas en el reino de Israel desarrolló el cuadro presentado en las promesas verbales hechas a los patriarcas en un modelo visual dramáticamente concreto por el cual la realidad última del reino prometido podía conceptualizarse y detenerse hasta que llegara el momento del verdadero cumplimiento en la era mesiánica.

La hermenéutica pactual percibe adecuadamente la naturaleza prototipo, provisional y pasajera del reino del primer nivel y la naturaleza de antitipo, perfecta y permanente del reino del segundo nivel. Los dispensacionalistas, al no ver que el reino del primer nivel se vuelve obsoleto y es reemplazado por el antitipo en la era mesiánica, continúan el orden obsoleto indefinidamente en la nueva era. Le asignan un lugar paralelo al reino de segundo nivel, quizás incluso de forma permanente, mientras que relegan el cumplimiento del segundo nivel a un estatus no continuo en lugar de un estatus culminado. Al hacerlo, el dispensacionalismo malinterpreta radicalmente la estructura tipológica de los antiguos y los nuevos pactos, reduciendo la tipología a una mera analogía y oscureciendo la relación de cumplimiento de promesas históricas de estos dos pactos.

El rechazo pragmático del dispensacionalismo de la identidad tipológica del reino de primer nivel, encuentra expresión en su mala interpretación literal de las profecías que representan el reino del segundo nivel en el lenguaje tipológico del modelo de primer nivel. De ahí que la diferencia entre la hermenéutica dispensacional y la hermenéutica de pacto se describa a veces como una exégesis literal frente a la figurativa. Pero los términos literal y figurativo oscurecen la naturaleza precisa de la diferencia entre estos dos enfoques. Los términos literal y figurativo sugieren que la cuestión es de tipo literario más general, aunque es principalmente de naturaleza histórica. Concretamente, se trata de análisis contrarios de la relación de dos órdenes de pacto sucesivos en la historia de la redención, siendo un enfoque no tipológico y el otro tipológico.

 

  1. Unidad tipológica y sucesión

Bajo este título presentaremos algunos de los apoyos bíblicos más sobresalientes para la visión pactual de la continuidad tipológica entre los reinos del antiguo y del nuevo pacto, la continuidad caracterizada por un movimiento unificado de promesa/símbolo a cumplimiento/realidad.

En el caso de la promesa del rey se verá fácilmente que la relación entre los dos niveles de cumplimiento no era la de dos vías análogas, que coexisten y corren paralelas entre sí en el curso de la era mesiánica. Porque la relación entre e linaje davídico bajo el antiguo pacto y Jesucristo en el nuevo pacto es claramente una relación de sucesión, de movimiento de lo anterior a lo posterior. Es en efecto una sucesión genealógica, al ser Jesús el descendiente de la línea de David, el sucesor que reemplazó a sus predecesores ancestrales en el trono. No hay dos líneas paralelas de desarrollo de la realeza teocrática, sino una sucesión lineal y dinástica. Además, a medida que esta única línea dinástica pasa del primer al segundo nivel de realización, la sucesión no es una simple cuestión de continuidad sino de cumplimiento culminante. Hay continuidad, pero con un desarrollo de época marcado por la diferencia entre David y Jesús, el sucesor de David que es el Señor de David. La diferencia es la que existe entre un símbolo tipológico promisorio y la realidad antitipo. En Cristo, la dinastía encuentra su representante y encarnación permanentes. En él se alcanza la duración eterna prometida de este reinado Lo que había sucedido antes era, por la misma razón, obviamente algo temporal y provisional, que ejecutó su propósito histórico y dio paso al Rey divino. Sólo hay un trono de David y como Jesús ha asumido su lugar como heredero de la casa de David y lo ocupa para siempre (Lucas 1:32) no hay lugar para la idea de una restauración del David literal a ese trono sobre el pueblo de Dios. Si los dispensacionalistas no desean sugerir el reemplazo de Jesús por David en ese trono (en efecto, una usurpación del anticristo), no tienen alternativa en la interpretación de las profecías del reino escatológico de "David" (Jer. 30:9; Ez.34:23,24; 37:24,25; Os. 3:5) sino que abandonen su hermenéutica literal (no tipológica) y reconozcan la naturaleza genuinamente tipológica del orden del antiguo pacto como se refleja en el lenguaje tipológico de tales profecías mesiánicas.

Como sucede con la promesa del rey, inevitablemente será con la promesa del reino. Una vez más, la relación que se obtiene entre el cumplimiento del antiguo y el nuevo pacto es algo muy diferente y mucho más que la mera analogía paralela permitida por el Dispensacionalismo. Lo que encontramos en las Escrituras es que hay unidad entre el reino y el pueblo de los pactos antiguo y nuevo y una identidad con respecto a la porción prometida de la herencia del reino. Esto es consistente y corrobora la continuidad tipológica, promesa/cumplimiento propuesta en la teología del pacto, pero es contrario a la discontinuidad introducida por la reconstrucción dispensacionalista con sus dos programas paralelos de dos grupos distintos de personas que coexisten separados entre sí en dos órdenes mesiánicos diferentes.

Bajo la figura del olivo en Romanos 11 Pablo representa la institución del pacto redentor en su administración en curso desde Abraham a través del antiguo pacto y en el nuevo. Según la representación del apóstol aquí, es en el mismo árbol, en cuya parte inferior incluye a la comunidad del antiguo pacto (así como la patriarcal) donde participa el pueblo del nuevo pacto. La imagen es de unidad orgánica entre el Israel del antiguo pacto y la iglesia del nuevo pacto. De manera similar, Pablo en otra parte asegura a los cristianos gentiles que, aunque anteriormente eran excluidos como extranjeros de la ciudadanía de Israel, ahora son conciudadanos. Porque Cristo ha derribado la pared intermedia y de los dos está creando un nuevo hombre (Efesios 2:11-19).

Además de la continuidad oficial de las comunidades del antiguo y nuevo pacto, la imagen del olivo de Romanos 11 evidencia la unidad de la simiente prometida de Abraham con el segundo nivel de elección en Cristo (discutido anteriormente bajo el título de Elección Soberana). Porque, aunque no todos los individuos que están en este árbol del pacto son la simiente prometida (como vemos por el hecho de que las ramas del árbol pueden romperse), el remanente elegido es el núcleo constante del árbol del pacto. Tal es la carga del argumento de Pablo en Romanos 9-11. Así, la unidad del pueblo elegido, que se extiende a través de los tiempos del antiguo pacto y en la iglesia cristiana, es también del carácter orgánico ilustrado por ese árbol viviente en el que se encuentran todos los elegidos. La plenitud del Israel elegido y la plenitud de los gentiles elegidos juntos constituyen una familia espiritual del padre Abraham, el verdadero Israel de Dios.

Es su identidad como coherederos (Ef. 3:6) inseparables de la unidad de los creyentes del antiguo y del nuevo pacto como conciudadanos (Ef. 2:19). Como un pueblo del reino, participan juntos en una herencia del reino, en una tierra prometida. El logro redentor de Cristo trae a los gentiles la bendición prometida a Abraham (Gál. 3:14). Con referencia al juramento de Dios a Abraham que garantiza la recepción de la tierra prometida (Gén. 15, especialmente los vv. 8 y 18 ss.), Hebreos 6:18 dice que Dios hizo ese juramento para que los creyentes del nuevo pacto pudiéramos estar seguros de nuestra esperanza escatológica.

En Hebreos 11 y 12 la herencia del reino común de los creyentes judíos y gentiles se identifica como Sión, ciudad de Dios. Abraham buscó esta ciudad de la promesa (11:10) pero no la recibió (11:13). Tampoco lo hizo ninguno de los otros justos de Dios, prediluvianos (11:4ss.)  y postdiluvianos (11:8ss) hasta la venida de Cristo: "Todos estos... no recibieron la promesa" (11:39; cp. v.13). Porque Dios había ordenado que ellos debían alcanzar la perfección de la verdadera herencia escatológica de la ciudad celestial sólo en asociación con su pueblo del nuevo pacto (11:40). Incluso aquellos que bajo el antiguo pacto experimentaron el cumplimiento del primer nivel son aquí declarados categóricamente como aquellos que no han recibido la promesa, hasta ahora no es el caso de que la realización del primer nivel de la promesa de la tierra continúa junto al segundo nivel como un permanente paralelo a ella. La declaración hecha en Hebreos 11:39 considera la realización del segundo nivel como el único cumplimiento real, relegando así la tierra del reino del primer nivel a nada más que a un prototipo sombrío.

Según Hebreos 12:22, 23 los creyentes de tiempos premesiánicos en la era del nuevo pacto, al fin han sido perfeccionados (cp. 11:40) en el sentido de que ahora están, en Cristo, en la verdadera ciudad celestial. Este pasaje también indica que los creyentes cristianos están unidos con ellos en una comunidad escatológica común y una herencia del reino como conciudadanos de la ciudad del Dios vivo. Esa herencia del reino de la iglesia de Cristo se identifica como "monte de Sion". Por lo tanto, lo que se designa no es claramente el primer nivel de monte y ciudad sino “La Jerusalén Celestial”. Este uso de imágenes de primer nivel para la realidad del segundo nivel demuestra de nuevo que la relación entre los dos niveles de realización del reino es de unidad tipológica, con una continuidad de lo viejo reemplazado por lo nuevo. De igual importancia es la utilización de las imágenes de la ciudad del reino del primer nivel en la descripción de la iglesia glorificada, la novia del Cordero, en su herencia eterna como la nueva Jerusalén en Apocalipsis 21:2 y 10. De especial interés para la unidad tipológica de los reinos del antiguo y nuevo pacto es el hecho de que combinados en la arquitectura de la ciudad eterna son las doce puertas que llevan los nombres de las doce tribus de Israel y doce cimientos que tienen sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Ap. 21:12-14).

No es una analogía entonces, sino una tipología que describe la relación entre los dos niveles de cumplimiento de la herencia del reino. No se encuentran en paralelo uno con el otro, sino en una sucesión lineal que va desde la etapa provisional y transitoria hasta la etapa perfecta y permanente del reino. El nivel uno del reino se identifica con el antiguo pacto y el nivel dos con el nuevo pacto, y el nuevo pacto es continuo con el antiguo de una manera sucesiva que implica su sustitución del antiguo. Tal es, según el autor de Hebreos, el significado de la designación "nuevo" aplicada al pacto mediado por Jesús.

Al comentar sobre Jeremías 31:31-34, dice que al referirse al pacto futuro como nuevo, el profeta, identificó el pacto mosaico como antiguo en el sentido de que se vuelve obsoleto y se desvanece (Heb 8:13). En el contexto ha estado argumentando la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio levítico, observando que el orden sacerdotal del antiguo pacto no era más que una sombra de la realidad celestial y había sido abrogado y sustituido por el ejercicio histórico de Cristo de su sacerdocio celestial (Heb 7:18). Y en Hebreos 8:6 ss. Esta relación del sacerdocio levítico abrogado con el sacerdocio actual de Cristo se integra con la relación del antiguo con el nuevo y mejor pacto. Hay una continuidad entre los dos niveles de cumplimiento, la continuidad de la sustancia y su sombra. Es una continuidad, en el sentido en que lo viejo es anulado y removido, su lugar es tomado por el nuevo, el cumplimiento real y permanente de la promesa profética contenida en el antiguo.

El nuevo pacto no es una renovación de un pacto más antiguo en el sentido en que confirma la continua validez del antiguo. Si hablamos del nuevo pacto como una renovación del antiguo debe ser para expresar su continuidad como dos administraciones del pacto de gracia o, más específicamente, la continuidad del nuevo pacto con la base subyacente y con fundamentos del antiguo pacto, la esencia de la gracia evangélica como el camino hacia la última esperanza celestial en Cristo. Pero con respecto al antiguo pacto como una realización tipológica del reino prometido, el nuevo pacto no confirma la validez continua del antiguo, sino que anuncia su desuso y fin.

Necesariamente. Porque, como la profecía de Jeremías 31:31-34 indicaba, el antiguo pacto en su aspecto tipológico del reino no era un mandato permanente  al tener a la gracia como garantía, sino un acuerdo condicional informado por el principio de obras, por lo tanto, rompible. Y habiendo sido roto, fue forzosamente terminado. Por lo tanto, como observa Pablo, todos, tanto judíos como gentiles, fueron encerrados juntos bajo la sentencia de no haber logrado alcanzar el reino sobre la base de la obediencia a la ley y por lo tanto todos por igual fueron puestos en la posición de ser totalmente dependientes de la misericordia de la gracia de Dios revelada en el evangelio (Rom 11:32).

  1. El dispensacionalismo en desacuerdo con el Evangelio

En el pasado, el dispensacionalismo ha reconocido la presencia del principio de las obras en el antiguo pacto, incluso haciendo de él el sello identificador de su dispensación de la ley. Al hacerlo, no comprendió toda la complejidad de la situación. Porque no percibió que el principio de obras se limitaba a la base del reino tipológico de la economía mosaica y que había simultáneamente en esa economía una base subyacente que se ocupaba de la salvación eterna de los individuos y su herencia del reino eterno de segundo nivel, una base gobernada por el principio de la gracia. La ley (las obras) también fue vista por el Dispensacionalismo como el principio operativo en la dispensación del reino milenario. Esa fue la consecuencia lógica de que el Dispensacionalismo pusiera como paréntesis el evangelio de la gracia con su concepto de la dispensación de la gracia de la iglesia entre las dos dispensaciones del reino de la ley y el milenio.Como resultado, el Dispensacionalismo terminó enseñando que había dos maneras diferentes y contrarias por las cuales los hombres caídos aseguraban las bendiciones escatológicas de Dios. En particular, según la lógica del esquema dispensacionalista, la posesión por parte de Israel del reino prometido a lo largo de la dispensación del milenio se basaría en su meritorio cumplimiento de las exigencias de la ley, aparte de la garantía de Cristo, es decir, aparte del evangelio de la gracia. A pesar de ser hijos caídos de Adán, los judíos milenarios, al parecer, serían capaces de satisfacer plena y constantemente las demandas condicionales de Dios en esa dispensación de la ley.

 Por lo tanto, esta forma anterior de Dispensacionalismo contradice la afirmación de Jesucristo de ser el único camino, el único nombre dado bajo el cielo por el cual el hombre debe ser salvado. En efecto, se posiciona con el judaísmo en contra del testimonio del cristianismo sobre Jesús como el Cristo. Dentro del cristianismo nominal se encuentra en la extraña compañía teológica de los ecumenistas extremos que, abogando por una pluralidad de tradiciones de alianza válidas, aceptan el judaísmo, a pesar de su fracaso en confesar a Cristo, junto con la iglesia, como un desarrollo legítimo del pacto de Dios con Abraham.

El encubrimiento de la reclamación y demanda exclusiva del evangelio del dispensacionalismo, también se expone en su incapacidad de desafiar la causa sionista no cristiana cuando esta apela a las promesas del Pacto Abrahámico para validar su derecho reclamando el territorio del reino (primer nivel), aparte de la fe en Cristo. En esta afirmación sionista vemos de nuevo el desafío del Adán caído, atrapado en la ruptura de su pacto y desterrado de la "patria" con su árbol de la vida, pero todavía perversamente empeñado en apoderarse del fruto perdido (Gén. 3:22). Es el espectáculo, de nuevo, de la nación incrédula a la que los espías trajeron el desalentador informe sobre la situación en Canaán, condenada a vagar por el desierto fuera de la patria prometida debido a su rebelde incredulidad, pero esforzándose voluntariamente por ocupar el reino en contra del decreto de juicio de Dios (Núm. 14:4ss). Lo que la ideología sionista proyecta es una parodia grotesca del reino de Dios, una tierra sin templo, una plenitud terrenal sin un enfoque celestial. Desde el principio no fue así. Y si es que el edificio de un templo está incluido en los planes de estos modernos arquitectos del reino. Mientras que ellos, todavía, rechazan las afirmaciones de Jesús, la simiente prometida de Abraham, el Cristo de Dios, ¿qué es esto sino otra torre de Babel, otro intento titánico de erigir el foco cósmico mediante el autónomo esfuerzo humano, otro repudio de la gracia de Dios y su provisión redentora del verdadero templo/ciudad sagrado del cielo? Tal pseudo-templo que el hombre de pecado podría ocupar, el Hijo del Hombre, el verdadero templo, finalmente lo destruiría. Cualquier respuesta de la comunidad cristiana, dispensacional o de otro tipo, que no desafíe la apelación de los sionistas al pacto de Dios con Abraham para justificar la actual ocupación israelí de Palestina representa un trágico fracaso para confrontarlos con la insuficiencia absoluta del hombre caído, sobre el reino del pacto de Dios y con la desesperada necesidad del pecador de encontrar la restauración del favor de Dios a través de Jesucristo. Mostrar simpatía por el sionista en su desafiante afirmación es ocultarle el evangelio del amor de Dios y animarlo en su camino incrédulo a la perdición sin Cristo, la única esperanza del pecador.

  1. Evolución del dispensacionalismo

A medida que el Dispensacionalismo se somete a revisión, algunos de sus principios fundamentales anteriores se están desechando. Por un lado, los revisionistas reconocerían ahora que las bendiciones escatológicas del reino de salvación no están aseguradas por obras sino por la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, al evitar el error de proponer dos caminos de salvación, se enfrentan a un dilema. Porque, aunque quieren afirmar que es sólo en Cristo que los judíos pueden recibir las bendiciones del reino, todavía se aferran a la noción de que hay un reino milenial separado para los creyentes judíos. Pero las Escrituras rechazan esto al insistir en que, si un judío está en Cristo, ya no es judío, así como un gentil no es más un gentil en Cristo. Porque en Cristo no hay judío ni gentil (Gál. 3:28,29; Col. 3:11; cp. Ef. 2:12-14). En el único lugar donde existen las bendiciones de la salvación, en Cristo, la distinción entre judío y gentil no existe.

La identificación con Cristo por la fe borra automática y absolutamente la distinción entre judío y gentil con respecto a la garantía de la paz con Dios y la gozosa gloria de la herencia escatológica. Al sugerir que ciertos judíos que están en Cristo tendrán su propia experiencia judía peculiar del reino supone una continuación de la distinción que Cristo abolió. Es construir de nuevo el muro que Cristo ha derribado. Es separar al único hombre nuevo en Cristo. Todos los que están en Cristo comparten el mismo destino escatológico del reino. De hecho, como hemos visto, es la enseñanza de las Escrituras (por ejemplo, Hebreos 11 y 12) que no solo todos los creyentes desde la venida de Cristo participan en la única Sión celestial, sino también todos los creyentes antes de Abraham e incluso antes del comienzo de la historia de redención. La Escritura simplemente no tolerará esta noción dispensacionalista de un reino de salvación separado para los cristianos judíos en un milenio futuro. No hay lugar para tal reino de salvación fuera de Cristo y no hay lugar para él en Cristo.

Otra dificultad para este principio dispensacionalista de un reino milenial de salvación diseñado para los creyentes judíos, es la enseñanza bíblica de que todos los que están en Cristo reciben toda la plenitud de la herencia eterna. Todos los que tienen el Espíritu de Cristo son "herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rom. 8:17). Habiendo entregado a su Hijo por nosotros, Dios "¿nos dará gratuitamente todas las cosas?" (Rom. 8:32). Pablo asegura a los creyentes: "Todas las cosas son tuyas... el mundo... sea lo presente... sea el porvenir, todo es tuyo" (1 Cor. 3:21,22). Esto significa, por un lado, que la herencia de los creyentes judíos es el mundo entero, no sólo Palestina, y, por otro, que no hay ninguna reserva especial, ni palestina ni de otro tipo, reservada para los creyentes judíos con preferencia a los creyentes gentiles, ya que todo el mundo pertenece también al creyente gentil. Todos los creyentes reciben todo el reino por igual. Todos en Cristo, sin distinción étnica o de cualquier otro tipo, alcanzan la plenitud del reino que fue encomendado al primer Adán y que es cumplido por el segundo Adán. Dios ha sometido todas las cosas bajo los pies de Cristo, y la iglesia, su cuerpo, es "la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo" (Ef. 1:22,23; cp. Sal. 8:6; Heb. 2:8,9). Es la esperanza y el privilegio de cada creyente ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:19; cp. 4:13; Col. 2:10).

También, el Dispensacionalismo revisado que se limpia a sí mismo de la enseñanza de dos caminos de salvación, lo hace a costa de abandonar la percepción correcta del Dispensacionalismo temprano sobre un principio de obras que operaba en el reino mosáico. Puesto que estos revisionistas, no más que los antiguos dispensacionalistas, disciernen los dos niveles distintos (la superposición del reino tipológico y la base subyacente de la salvación eterna) coexistiendo en el antiguo pacto, no perciben la verdadera solución de identificar el principio de las obras con el primer nivel, manteniendo la continuidad de un camino de salvación en el otro, el nivel primordial. Todo lo que pueden hacer es unirse a algunos de sus críticos del pacto para negar que hubiera un principio de obras en el antiguo pacto.

Además, esta forma de Dispensacionalismo, como todas las demás, se interpreta tan mal como para negar enfáticamente la relación tipo-antitipo del antiguo y nuevo pacto.

Otro cambio que se está realizando en el Dispensacionalismo por su ala progresiva implica atenuar la aguda discontinuidad entre el antiguo y nuevo pacto que se expresaron en el concepto de paréntesis del Dispensacionalismo anterior. Los progresistas no aceptan la relegación de la iglesia a un paréntesis entre las fases supuestamente anteriores y posteriores del primer nivel, el reino judío. Reconocen de manera general que la realización tipológica del primer nivel de las promesas era provisional y ha sido reemplazada por las realidades antitipo del orden mesiánico. Sin embargo, de manera inconsistente adoptan la hermenéutica dispensacionalista en su interpretación de la promesa de la tierra. Aunque consideran que la participación en las otras promesas es la experiencia común de todos, judíos o gentiles; en la iglesia del nuevo pacto, separan la promesa de la tierra de las otras, atribuyéndole continuidad de primer nivel, aplicada a Palestina en la etapa de segundo nivel de la escatología en la era mesiánica. Y reservan la participación, en esta forma especializada de bendición territorial, a los cristianos judíos en particular.

Este Dispensacionalismo progresivo es condenado por la inconsistencia de su hermenéutica. El pueblo y los aspectos territoriales del reino son de hecho correlativos y no deben ser separados. Juntos representan la doble tarea cultural de llenar la tierra con personas y someter la esfera del  reino, a medida que el plan creacional se lleva a la historia de la redención. Por lo tanto, las promesas de la tierra y del pueblo deben mantenerse juntas dentro de cada nivel, ya sea en la encarnación tipológica del programa cultural en el reino del antiguo pacto o en su versión del nuevo pacto. Una combinación híbrida de la tierra del antiguo pacto y del pueblo del nuevo pacto viola la unidad conceptual de estos dos componentes culturales del reino, mientras que al mismo tiempo ignora la diferencia entre tipo y antitipo de los reinos. Aparte de la incoherencia hermenéutica de esta forma de dispensacionalismo, también contradice la insistencia de la Biblia sobre la distinción entre judío y gentil con respecto a la herencia del reino.

Por otro lado, no todos son responsables de esta crítica que interpretan que Romanos 9-11 anticipa un desarrollo distintivo, futuro, de pacto que implica a la semilla física de Abraham. En particular, hay quienes, aunque (erróneamente) entienden que el injerto de los judíos en el árbol del pacto apunta a la conversión de una futura generación de judíos de manera integral, sin embargo, perciben que nada en Romanos 9-11 justificaría la noción de que a estos creyentes judíos reinjertados se les asignaría una herencia territorial particular, temporal o permanentemente.  De hecho, reconocen la imagen de los gentiles y los judíos que se injertan, o vuelven a ser injertados juntos en el mismo árbol, esto sugiere claramente que todos los que encuentran su lugar allí en la etapa del nuevo pacto del árbol comparten una misma experiencia del reino

  1. El antitipo del reino y el Milenio

Inevitablemente, la discusión sobre las promesas del reino del Pacto de Abraham conduce a una consideración del milenio. Podemos llegar a esta conexión volviendo a nuestro examen crítico de la evolución del Dispensacionalismo. Una característica que persiste en ellos. En medio de los cambios que se están produciendo, está la expectativa de un cumplimiento de la promesa del reino en un reino milenario, un reino premilenario delimitado étnica y geográficamente, un reino premilenario de judíos en Palestina.

Es inseparable del dispensacionalismo la visión inconfundible que ha dado lugar al preludio de la parusía, el climáx para el milenio, una transición de siete años desde la era de la iglesia hasta la supuesta reanudación milenial del orden del reino del antiguo pacto. El bosquejo de este esquema escatológico se basa en una interpretación errónea altamente idiosincrática de la profecía de las setenta semanas de Daniel 9:24-27. Esta ficción del fin de los tiempos comercializada con mucho éxito es parte integral del premilenialismo dispensacional. Abrazar esta peculiar escatología es ser un dispensacionalista. Desechar este sello escatológico no sería simplemente una revisión del Dispensacionalismo, sino una mutación de este en otra especie. Marcaría la evolución del premilenialismo dispensacional hacia el premilenialismo clásico (no dispensacional). 

El premilenialismo clásico es una gran mejora sobre el Dispensacionalismo, pero su visión del cumplimiento de la promesa del reino del Pacto Abrahámico todavía es defectuosa. Este mismo veredicto se aplica, de hecho, a toda forma de escatología milenial en donde encuentran un cumplimiento de la promesa del reino. El posmilenialismo (propiamente dicho) también comete este error. Más precisamente, el error cometido tanto por el premilenialismo como por el posmilenialismo es postular la venida del reino prometido de poder y gloria predicho por los profetas antes de la Consumación. Ambas visiones mileniales reconocen que la venida definitiva del reino en la gloria celestial ocurre en la Consumación, pero también suponen que hay un cumplimiento preliminar del antitipo de reino teocrático en el milenio y por lo tanto antes de la Consumación (que por supuesto viene después del milenio en cualquier punto de vista de la secuencia del milenio y la parusía). Un problema con tales puntos de vista mileniales es que la profecía bíblica indica claramente que hasta el evento del Juicio Final/Consumación los poderes malignos estarán presentes, oponiéndose y persiguiendo a la comunidad de fe en la tierra. No hasta el Juicio Final, no hasta después de la eliminación total de las fuerzas satánicas para siempre, los santos del Altísimo recibirán el reino de la gloria y su dominio cósmico y eterno (cp. Por ejemplo, Dn. 2 y 7). Solo el amilenialismo es fiel a esta visión de la inauguración del Reino de la Gloria después de la Consumación. Solo el amilenialismo reconoce que el milenio es para la iglesia militante un testigo del  tiempo de sufrimiento, una época de martirio de la gran comisión, sufriendo con Cristo y aún no es la hora de la glorificación con Él.

Otro problema con las opiniones pre-consumación, premilenial y postmilenial, es que confunden la estructura tipo-antitipo de la historia de la redención. De acuerdo con las Escrituras hay una clara distinción entre los niveles de cumplimiento tipo y antitipo del dominio del reino prometido en el Pacto de Abraham. El tipo del reino es un espacio terrestre delimitado dentro de un orden mundial temporal regulado por los términos del Pacto de Gracia Común. El antitipo cumplido es un reino supremo y eterno, una nueva Jerusalén Celestial, una realidad de la consumación del sábado, cuya presencia pone fin al orden de la gracia común, pone fin al mundo que es ahora e introduce el mundo venidero. Los premilenialistas clásicos y los posmilenialistas hacen bien en reconocer, frente a los dispensacionalistas, que las promesas del reino deben ser interpretadas del lenguaje tipo del antiguo pacto a la realidad antitipo cuando se avanza a la era del cumplimiento del nuevo pacto. Pero ellos tergiversan la interpretación. Su reino milenario desdibuja la aguda distinción entre tipo y antitipo. No se puede identificar con ninguno de los dos. A diferencia del tipo, se extiende más allá de Palestina a todo el mundo. A diferencia del antitipo, es terrenal, no celestial y su duración es limitada, no eterna, y su dominio se ve interrumpido por una crisis final Gog/anticristo/Har-Magedón, en la que los habitantes del reino se ven acosados a escala global y su testimonio mundial es suprimido. Tal mezcla en el reino milenario no encuentra lugar en el amilenialismo. La escatología postribulacional  del amilenialismo por sí sola presenta un relato verdaderamente bíblico del cumplimiento mesiánico y de antitipo de la promesa del reino de Dios en el Pacto Abrahámico.

  1. El diseño del tipo del reino

Se puede descubrir una variedad de propósitos para explicar la inserción del orden del antiguo pacto y su tipo del reino en el curso de la historia de la redención. La creación del escenario histórico para la venida del Hijo de Dios y su misión terrenal, es de suma importancia (cp. Rom. 9:5). De acuerdo con las condiciones del pacto de obras con el Padre, el Hijo de Dios vendría como el segundo Adán para representar y mediante su cumplimiento obediente y triunfante, establecer el fundamento legal para el otorgamiento del reino eterno de salvación de Dios a su pueblo. Por lo tanto, era conveniente, si no necesario, que Cristo apareciera dentro de un orden de pacto que, como el pacto con el primer Adán se rigiera por el principio de las obras (cp. Gal 4:4). El tipo del reino del antiguo pacto era precisamente eso. Dentro de las limitaciones del mundo caído y con las modificaciones propias del proceso de redención, el antiguo reino teocrático era una réplica del orden del pacto original. Israel, como nación teocrática, era la humanidad establecida una vez más en un paraíso-santuario, bajo la condicionalidad en un pacto de obras. En el contexto de esa situación, el evento de la Encarnación era comprensible; sin él, el significado de la aparición y el ministerio del Hijo del Hombre difícilmente habría sido perspicaz. Debido a la congruencia entre la identidad histórica particular de Jesús como el verdadero Israel, nacido bajo la ley, y su papel universalmente relevante como el segundo Adán, el significado de su misión como el que cumpliría la condición del pacto de obras en nombre de los elegidos de todas las edades fue lúcidamente expresada y fácilmente comprensible.

En el diseño revelador del tipo del reino se incluyó mucho más que el aspecto de la condición del pacto de obras del oficio de Jesús. Preparó un contexto público en la historia del mundo en el que el significado de la misión de Jesús en su conjunto podría ser comunicado de manera efectiva. Por ejemplo, la integración oficial del culto del templo israelita y la monarquía davídica dentro del reino teocrático ofreció una exposición del papel sacerdote- rey de Jesús.

Además de preparar un contexto apropiado para la misión mesiánica, el tipo del reino cumplió el amplio propósito pedagógico, porque proporcionó instrucción espiritual para los fieles en las épocas anteriores y posteriores al advenimiento de Cristo (1 Cor 10:11). Además de llamar la atención sobre el cumplimiento de la condicionalidad en la misión de Jesús, el principio de obras que gobernaba el reino israelita actuó como el maestro de escuela para Israel, trajo convicción de pecado e incapacidad total para satisfacer las demandas justas del Señor y así conducir al pecador a la gracia de Dios ofrecida en las promesas del evangelio subyacente del Pacto Abrahámico. (El reconocimiento de esta contribución preparatoria de la ley no depende sobre la aceptación del entendimiento sugerido del ayo /paidagogos/ de Gal 3:24,25.)

En este punto podemos notar entre paréntesis otra necesidad satisfecha por establecer el orden del reino del pacto. El efecto condenatorio de la ley que acabamos de mencionar fue intensificado por la extensa y detallada elaboración de los requerimientos de Dios para la comunidad. Y la organización del reino proporcionada por la etapa tipo en el cumplimiento de las promesas del reino abrahámico fue un prerrequisito para la formulación de un corpus legislativo tan completo. Apropiadamente, estas leyes asumieron la forma específica de estipulaciones del pacto, como las que se encuentran en la clase de documentos como el tratado que se impuso como una constitución del reino a un pueblo vasallo (cp. La estructura de la Autoridad Bíblica pp.76ss).

Se enseñaron otras lecciones sobre la naturaleza del reino eterno de Dios a través de la historia del tipo del reino. Aquellos que lo pensaron pueden aprender que el reino celestial debe ser establecido por un juicio final de guerra santa del mundo; que el reino eterno es un dominio del templo limpiado de todo mal, un reino donde la piedad y la prosperidad están perfectamente unidas, donde la Presencia personal de Dios es la gloria suprema  y la contemplación del Rostro de Dios, la bienaventuranza suprema, y ​​muchas cosas por el estilo. En resumen, este tipo del cielo fue una parábola histórica maestra del reino, dramáticamente presentada por el Señor de la historia.

El tipo del reino contribuyó, junto con la función pedagógica, a la preservación de la comunidad del pacto en la tierra. La historia postdiluviana hasta la edad patriarcal exhibió la misma tendencia, la disminución de las filas del pueblo de Dios que tenía la era prediluviana. Una medida de aislamiento para evitar el impacto negativo de la corrupción del pueblo gentil fue asegurada a Israel al establecerlos con una nación separada. Esto fue promovido por constantes recordatorios, como el sistema de cosas limpias e inmundas, una característica distintiva de santidad del pueblo de Dios.

Una positiva medida correctiva que tomó el Señor contra la corrupción de la comunidad del pacto fue su aumento de los medios de gracia a través de los cuales el Espíritu trabajó para propagar la simiente de la mujer en un mundo infestado por la simiente del diablo. Y fue en parte, pensando en la expansión y concentración de la revelación como instrumento del Espíritu que el Señor dispuso en el Pacto Abrahámico para la etapa del tipo del reino y la etnocentralización de la comunidad del pacto que acompañó al establecimiento de Su reino. La rica enseñanza por parábolas del tipo del reino simbólico en sí serviría para apoyar y fortalecer la fe del remanente. Pero también se tenía en cuenta la aparición de las Escrituras como el medio de gracia preeminente para la preservación de un pueblo para el nombre de Dios (cp. Rom 3:2) Y la comunidad lingüísticamente unificada y su perpetuidad histórica proporcionada por el tipo del reino facilitó e incluso fue necesaria para la producción de las Escrituras, Escrituras orgánicamente coherentes que Dios dio a su pueblo del pacto (cp. La estructura de la Autoridad Bíblica, pp.77s.).

Así percibido, el particularismo étnico que caracterizaba el tipo del reino no era tanto una limitación de la comunidad del pacto como una estrategia para evitar su peligrosa disminución. El gran diseño de esta disposición divina fue la preservación de la comunidad del pacto para tender un puente sobre los siglos que permanece hasta la plenitud de los tiempos y, como hemos observado anteriormente, la restauración de esta comunidad como el marco histórico adecuado para la misión terrenal del Mesías. Como preparación para la misión del Salvador del mundo, el tipo del reino etnocéntrico antiguo orden era, en la sabiduría del designio divino, un medio particular y provisional  para un fin universal y definitivo.

Una perspectiva fundamental que surgió en el estudio de las promesas del Pacto Abrahámico es que el cumplimiento de esas promesas en Cristo representa el logro de la meta escatológica establecida ante la humanidad en la creación. En este logro mesiánico, se restablece el enfoque del reino  y se logra su plenitud, superando los efectos de la Caída.

Y ya que el Pacto Abrahámico, como se puede ver en su resultado final, fue una reanudación redentora del programa original del reino universal, la inclusión de un reino judío particular en su paquete de promesas no debe ser tratada como el lanzamiento de una segunda pista paralela de un nuevo programa del reino. Ese reino particular debe entenderse claramente como una etapa provisional en una sola vía del reino, una etapa subordinada que conduce a la etapa del nuevo pacto y al objetivo universal final del reino de Dios. El cumplimiento del segundo nivel del reino prometido, cumplimiento perfecto y cósmico, que implica "toda la plenitud de Dios", no deja espacio para la perpetuación de un cumplimiento parcial e imperfecto de primer nivel junto a él. Necesariamente reemplaza el primer nivel de cumplimiento, que posteriormente se ve que ha sido una disposición provisional tipológica, un signo profético que sirve antes de la plenitud del tiempo para señalar a la plenitud del reino que iba a venir en Cristo bajo el nuevo pacto.

 

Añadido a este sitio: 5 de enero, 2021