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¿Quién Salva a Quién? PDF Imprimir Correo electrónico
La Teologia Reformada - Estudios de Gracia

Por Michael S. Horton 

Dios echa su voto; Satanás echa el suyo, ¿Y usted debe echar la boleta decisiva?

La pregunta clave en la discusión corriente entre Jesús y los Fariseos, Pablo y los Judaizantes, Agustín y Pelagio, los Dominicanos y los Franciscanos, los Reformadores y la Iglesia Católica Medieval, y los Calvinistas y el Arminianos es ésta: ¿Quién salva a quién?

En este artículo deseo ofrecer algunas breves respuestas escriturales a las objeciones comunes referentes a la doctrina de la elección. Si uno no cree en la doctrina de la elección incondicional, es imposible tener un concepto doctrinal alto sobre la gracia. Como dijo Lutero a Erasmo, “la ignorancia de esta gran verdad es en un sentido verdadero una ignorancia del Evangelio Cristiano.  Porque cuando las obras el poder de Dios son desconocidos de esta manera, no puedo adorar, alabar, agradecer, y servir a Dios, puesto que no sé cuánto debo atribuir a mí y cuánto Dios.” “Esta distinción es esencial”, él agregó, “si deseamos vivir una vida santa.” Además, “si no sabemos estas cosas, no sabremos nada sobre las cosas Cristianas y seremos peores que cualquier pagano.” Tal como Lutero ha señalado en su debate con Erasmo, este asunto sobre el libre albedrío y la elección es esencial para mantener la doctrina de la justificación porque elimina cualquier elemento de la decisión o esfuerzo humano como base para el mérito. Por lo tanto, tomemos un breve recuento de la base bíblica para esta doctrina importante considerando uno de los principales pasajes: El capítulo nueve de Romanos.

El Pacto

Corriendo a través del Antiguo Testamento y en los Evangelios es el concepto del Pacto. Aunque Dios es el Gobernador Soberano de toda la creación y, por lo tanto, absolutamente capaz de la regir como un simple dictador, él sin embargo condesciende  para entrar en un pacto con las criaturas caídas, atándonos a él, y a sí mismo a nosotros.

Éste es el fondo de la carta de Pablo al Romanos en general, y el capítulo nueve en particular. Pablo ha planteado el asunto de la fidelidad. Porque somos, individualmente y corporativamente, preconocidos, predestinados, llamados, justificados, y se anticipa la glorificación, nada “podrá separarnos del amor del dios que es en Cristo Jesús nuestro señor” (Romanos 8:39). Pero eso levanta una pregunta importante, especialmente para los judíos creyentes que leen esta carta: ¿Si Dios ha fallado en cumplir su promesa de salvar a Israel, como muchos pensaban que Pablo estaba dando a entender en su ministerios a los Gentiles, por qué debemos tener confianza en su determinación para salvarnos a nosotros?

El apóstol entonces lanza en su discusión del “Israel verdadero.” Incluso en el Antiguo Testamento, no cada descendiente carnal era un hijo de Dios (Is.6:9-13, etc.). En un tiempo, incluso Esaú era parte del pueblo del pacto con Dios, pues él creció al lado de su hermano Jacob. De hecho, Esaú, según la descendencia carnal, era primero en la línea para continuar la herencia de Abrahamica, pero Dios eligió bendecir Jacob y maldecir Esaú, “pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama” (v.11). Ésta es la demostración más obvia que el regalo de la gracia de Dios depende de su propia generosidad en la elección en vez de la descendencia natural, de privilegio racial, o de la justicia moral (véase Deuteronomio 9:4-6; 29:2-4). “Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí''.”(v.13)

Objeciones Contestadas

Pablo se da cuenta él no va a conseguir salirse de esto tan fácilmente. Es un declaración de la boca de Dios mismo, pero va a tomar cierta explicación: ¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. (vv.14-15). La salvación en general y la elección en particular son debidas a algo en Dios, no en nosotros. Hay una idea perniciosa que flota alrededor del mundo evangélico actualmente, que se debe más a la psicología popular que a la religión, que si deseamos una base para la autoestima nosotros debemos recordar Jesucristo pensó que nosotros valíamos su muerte. Sin embargo, según la Escritura, Jesucristo murió por nosotros porque “De tal manera amó Dios…” (Jn.3:16). Es decir había algo en Dios -- una compasión, una misericordia, y un amor inherente, que lo movió para salvarnos mientras que no había absolutamente nada en nosotros que lo atrajera. Incluso los evangélicos conservadores suenan a veces como si Dios estuviese obligado a demostrar misericordia, como si el amor fuese su único atributo, pero este pasaje nos recuerda que Dios es libre demostrar misericordia o retenerla según su propio buen placer, puesto que la misericordia, por definición, no se merece.

Después de explicar cómo Dios no es dependiente en sus criaturas en ningún sentido, Pablo concluye, “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (v.16). Hay pocos declaraciones más claros que esto sobre el monergismo (es decir, la idea que Dios salva solo). En una oración el apóstol excluye cualquier actividad humana, voluntad o física. No hay absolutamente nada que nuestras decisiones o acciones contribuyan a nuestra propia salvación. Hasta ahí llega el popular dicho de los Arminianos, “Dios echa su voto para su alma, Satanás echa el suyo, pero usted debe echar la balota que decide.” Ha desaparecido pues la regeneración decisional que hace el nuevo nacimiento sea dependiente del ejercicio de la voluntad humana: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” Jesús dijo a sus discípulos (Jn.15:16). “que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (Jn.1:13), ''...habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad '' (Efe.1:11).

Note también, que esta exclusión del “querer y correr” toma en su consideración no solamente lo real, sino también las decisiones y acciones previstas en nuestra parte. Muchos concederán que Dios eligió las personas, pero basado en su pre-conocimiento de sus propias decisiones. Sin embargo, esto se excluye en la declaración absoluta de Pablo en el verso 13, como en el verso 11: “porque aún cuando los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama.” Si la elección Dios dependiese de nuestra decisión prevista, esto no solamente levanta interrogantes concerniente a la gracia de (es decir, el mérito previsto sigue siendo mérito), pero también referente a la pecaminosidad humana. Después de todo, si Dios mirara hacia los pasillos de los tiempos ¿qué pudiera El haber visto en nosotros sino otra cosa que pecado y de resistencia? ¿Cómo podría él prever un ejercicio de la voluntad que él mismo no concedió, puesto “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan6:44)?

Por supuesto, esto suscita tres objeciones principales. La primera y el más obvia es el asunto de la imparcialidad.

Es una medida de nuestra pecaminosidad y orgullo que el que utilicemos la iniciativa gratuita de Dios en la elección como ocasión para cuestionar su rectitud y su justicia. Si estamos, como raza, en tan mal estado como Pablo nos ha estado diciendo, especialmente en los primeros tres capítulos, no debe haber ni un solo lector que haya de buscar la justicia de Dios de por sí mismo. La justicia de Dios -- dándonos lo qué merecemos – demanda nuestra ejecución. La misericordia de Dios, por lo tanto, se le debe a ninguno. Pablo refiere la misericordia de Dios a su libertad. Puesto que todos merecen el juicio, el mero hecho de que muchos serán salvados es causa para el asombro más bien que para preguntarse por qué Dios no eligió a todo el mundo.

Para ilustrar esta libertad, el Faraón es traído al banquillo de los testigos: “Para esto mismo [propósito]” declara Dios “te he levantado [Faraón], para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.” (v.17). Ningún lector judío necesitó ser recordado como el Faraón figuró negativamente en historia de Israel. Mientras que puede ser que excesivo compararlo a Hitler, no hay duda que el gobernante egipcio que había mantenido a Israel prisionero para el trabajo de esclavos era la última persona que los cristianos judíos del primer siglo hubiesen querido que Pablo utilizara como ejemplo de la libertad de Dios. Sin embargo, el apóstol los recuerda las palabras de Éxodos 9:16, que Dios lo había levantado. Más adelante, él también recordará a su atención el hecho que “no hay autoridad excepto de parte de Dios, y las autoridades que existen son designadas por Dios” (13:1).

Amos llamó una generación olvidadiza y apática para que reconociera la soberanía de Dios sobre la historia: ¿Habrá algún mal en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? ¿Si el león ruge, quién no temerá? ‘(Amos 3:6). En Daniel cuatro tenemos  el sueño de Nabucodonosor  interpretado por Daniel. Dios humilló al orgulloso rey hasta que, en las propias palabras del rey, “34 Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. 35 Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” ¿Cuál fue su conclusión?  “sus caminos justos; y él puede humillar” (Daniel 4:34-37). Isaías que 45:1-7 señala encima del uso de otro gobernante pagano, Ciro, “para que sepan que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre.  Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste.  Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.” En cortas palabras, el telos o el diseño de la historia es la gloria de Dios. Cada uno de nosotros existe para servir al diseño de Dios para su propia gloria. Él nos salva porque el ejercicio de su amor y misericordia le trae honor, no porque haya alguna cosa en nosotros que le mueva a responder.

Otra razón por la que Pablo trae el ejemplo del Faraón es en primer lugar, las circunstancias que rodean las instrucciones dadas a Moisés.  En Éxodo 4:18-23, leemos que Dios le mandó a Moisés que volviera a Egipto. “Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo.”  En otras palabras, Dios iba a contar al Faraón como responsable por la dureza de su corazón ante las señales y maravillas, aunque todo el tiempo era Dios mismo quien Dios mismo le endurecería su corazón. Es un pasaje difícil, pero ahí está.

La segunda objeción comienza donde termina la primera: ¿Cómo puede Dios culparnos por lo que él ha determinado? Después de todo, “¿quién puede resistir su voluntad?'' (v.19.) ¿Cómo podría  Dios culpar Esaú, el Faraón, o mi vecino incrédulo si solamente estaban satisfaciendo su plan? Ésta es la esencia de la objeción que Pablo anticipa. La creencia de que la voluntad de Dios “puede ser frustrada” (Dan.4) no es una particularidad del pensamiento de la Reforma, ni siquiera de pensamiento Cristiano. ¡Es una declaración básica del teísmo! Si uno cree que Dios es dependiente en los seres humanos en algún sentido (sea el querer como el correr), los tales no son simples Cristianos de un color diverso; sino que están siguiendo esencialmente una interpretación no-Cristiana y una interpretación no-teística de la naturaleza Dios. Los eruditos evangélicos contemporáneos tales como Clark Pinnock y Richard Rice se dan cuenta de esto y hacen un llamado al rechazo del teísmo clásico por esa misma razón.

Pero esta idea que las últimas intenciones y diseño divino no pueden ser frustrados o ser volcados crea tensión. Pablo no la resuelve, pues Dios no se interesa en revelarla incluso a un apóstol. Calvino advirtió, “la curiosidad del hombre es tal que cuanto más peligroso el tema, tanto más dispuesto él está acometer audazmente hacia él... dejad que esto sea, por lo tanto, nuestra regla sagrada, no intentar saber ninguna cosa sobre el predestinación excepto lo que nos enseña el Escritura. Donde el Señor cierra su santa boca, también paremos nuestras mentes de ir mas allá”2 Pablo no contesta con una línea sofisticada del razonamiento metafísico. Él simplemente dice, ¿Quién eres  tú, un mero ser humano, para contestar a Dios?'' Es decir, el exigir que Dios se defienda a sí mismo ante nuestra presencia en cuanto a este asunto es el colmo de la arrogancia. ¿Queda todavía alguna reverencia hacia Dios? ¿Se le prohíbe al Dios Soberano tener secretos, ninguna privacidad en Su cámara celestial? ¿Debe cada esquina de sus cuartos ser destruida por nuestras especulaciones ingenuas y caídas? No, para cambiar las metáforas, aquí llegamos al extremo del precipicio y tomar un solo paso más es caer desesperadamente en la desesperación y la confusión.

Después, Paul apela a otra alusión del Antiguo Testamento: el alfarero y el barro. En Isaías 29:15-16, el profeta declara, ¡Qué equivocación la vuestra! ¿Es acaso el alfarero como el barro, para que lo que está hecho diga a su hacedor: El no me hizo’?’ Pero Pablo la última pregunta para que lea “¿porqué me has hecho así?” De la misma masa (ie. la misma masa de humanidad caída), Dios escoge hacer vasos de ira y vasos de misericordia, unos para traerle a Él Gloria demostrando su justicia, y otro para glorificarle por su compasión y misericordia.  No hay distinción, ya que todos fuimos tomados del mismo grupo.  Por lo tanto, el escogido no puede ser orgulloso.

Note que esta voluntad de Dios no es caprichosa o arbitraria, una visión que muchos Arminianos suponen y los híper-Calvinistas animan. Esto, debe ser dicho, es una opinión de Dios que tiene más en común con la filosofía griega que con cristianismo. Es fatalista y desesperadamente en desacuerdo con el cuadro bíblico. En vez de eso, la voluntad de Dios está conectada con su naturaleza y atributos. En este sentido, como precisó Jonathan Edwards, ningún ser (incluyendo a Dios) tiene un libre albedrío. La voluntad sirve la naturaleza y Dios es movido a elegir, a redimir, a justificar, y salvar no debido a una decisión arbitraria o una antojada exhibición del poder, sino para demostrar misericordia y compasión. Recuerde, éstos son “vasos de misericordia.” “El tendrá misericordia de quien él quiera tener misericordia.” Es decir, Dios es presentado en este pasaje eligiendo hombres, mujeres, y a niños fuera de una raza ya condenada y arruinada. Su condenación es justa, así que Dios no es responsable de la resistencia, de la desobediencia, y del odio de aquellos quienes son rechazados, sino solamente por la salvación de los que abrazan la gracia perdonadora de Dios.

Finalmente, es esencial que señalemos que Pablo trabaja para hacer esto claro en otra parte, especialmente en el capítulo uno de Efesios: Todo el esto es “en Cristo.” Somos elegidos, predestinados, redimidos, justificados, llamados, sellados, etc. “en él”. Uno de los grandes énfasis del Nuevo Testamento, recuperado tan claramente por los Reformadores, era que la elección se debe enseñar y entender solamente en el contexto de su relación a Cristo. Es decir no podemos buscar nuestra elección de una manera filosófica abstracta. Ser elegido es estar “en Cristo” y estar en Cristo es estar unido a Él por medio de la fe. Encontramos nuestra elección no en nuestro funcionamiento, raza, éxito, o muestras exteriores -- porque esto era la locura de Israel, sino más bien en la cruz de Cristo y la resurrección.

Si estas respuestas no son lo suficientemente buenas para el lector, Pablo concluye, la alternativa a la elección es el juicio inmediato para todos los seres humanos (vv. 22-23).

La pregunta final que probablemente será hecha es ésta: ¿No estamos realmente hablando de la nación Israel? Muchos de nosotros fuimos criados con la explicación de que Romanos nueve se ocupaba de la elección de Israel, y no la nuestra. Esto significaba que Romanos nueve podría ser clasificado como inadmisible para el uso en el debate. Pero como Pablo lo hizo claro aquí como en otras partes, el Israel verdadero es creado por la gracia, no por descendencia, ni por decisión, o deberes humanos. Así pues, no hay Israel verdadero aparte de la fe en Cristo. Solamente aquellos quienes se aferran a él por la fe son los escogidos; el resto es juzgado junto con el Gentiles (Rom.11:5-10). “sabed que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham”, enseñó Pablo a los Gálatas (Gal.3:7). No hay judíos que se hayan salvado que se salvan ahora, o que hayan de ser salvados quiénes no sean miembros elegidos de la iglesia en ambos testamentos -- la iglesia antigua (del viejo testamento) que miraba adelante a Cristo y la iglesia moderna que miraba hacia atrás a Cristo y hacia el futuro, a su segunda venida.

Sin embargo, para enfatizar que él no está hablando simplemente de la nación de Israel, Paul agrega, “es decir, nosotros, a quienes también llamó, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles.” (v.24) tomando de las profecías del Antiguo Testamento y señalando la recolecta de gentiles escogidos junto con los Judíos en la formación de un cuerpo.

La base para la Reprobación

Mucho se podía decir sobre el otro lado de la moneda. Pues tal como hay vasos de la misericordia que son escogidos, así también hay vasos de ira que son rechazados.  Todo lo que el Apóstol Pablo desea decir sobre este asunto es esto: Ninguno es reprobado por Dios sin causa justa. ¿Qué diremos entonces? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, alcanzaron justicia, es decir, la justicia que es por fe; pero Israel, que iba tras una ley de justicia, no alcanzó esa ley. ¿Porqué?”  ¿Es acaso la contestación de Pablo “porque no fueron elegidos”? No, la culpa está en totalmente sobre sus propios hombros: “Porque no iban tras ella por fe, sino como por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo” (vv.30-33).

Una de las maneras más seguras de estar confiado de que usted no es uno de los elegidos es el perseguir una justicia que usted mismo ha creado por el poder de su voluntad y esfuerzo. Los escogidos son simplemente aquellos que han dejado caer sus espadas de guerra, sus palas para cavarse su propia justicia, y se han puesto a sí mismos a la merced de este Dios que promete compasión a todos los que le buscan.  Ellos están consolados por el hecho de que si ellos le están buscando a Él, es porque el primero les ha amado y les ha traído hacia sí mismo. Sin embargo, los incrédulos no deben mirar a su elección, sino a Cristo, cuya oferta de perdón se extiende a todas las personas en todas partes: “venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados y yo os daré descanso.”

Así, esta doctrina es calculada con el fin de traer a relucir la idea de que Dios nos salva solamente por gracia y por Cristo solamente.  Muchos están dispuestos a aceptar que fueron justificados libremente, pero su resistencia a esta doctrina revela su falta de voluntad para aceptar totalmente la idea de que su salvación no está condicionada por nada en ellos.  Que podamos todos, no importando nuestra perspectiva tradicional, tomar seriamente este pasaje de la Magna Carta de Pablo y emplear esta doctrina de la elección no meramente en el servicio del debate teológico, sino en una agradecida apreciación con acción de Gracias.


Notas

1. Martin Lutero, la esclavitud de la voluntad (Filadelfia: Prensa de Westminster, 1975, p. 117.

2. Juan Calvino, comentario del NT en Romanos nueve.

Autor

El Dr. Michael Horton es el vice presidente del Consejo de la Alianza de Evangélicos de Confesión, y es profesor asociado de teología histórica en el Seminario Teológico de Westminster en California. El Dr. Horton es un graduado de la universidad de Biola (B.A.), seminario Teológico de Westminster en California (M.A.R.) y Wycliffe Pasillo, Oxford (Ph.D.). Algunos de los libros que él ha escrito o corregido incluye ‘Putting Amazing back into Grace’, ‘Más allá de las guerras de la cultura’, ‘La Religión del Poder’, ‘En la cara de Dios’, y lo más reciente posible, ‘Creemos


 
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